Acamonchi Art Studio

Bio in English
Acamonchi Fraser bike collaboration Acamonchi Cardboard Sculpture Community Installation, Bankers Hill, San Diego, CA Community Installation, Bankers Hill, San Diego, CA Acamonchi painting, mixed media on wood La 3ra NaciĆ³n, Installation Tijuana Mexico 2004
Acamonchi-Osiris Shoe collaboration Acamonchi-Osiris Shoe collaboration Acamonchi Fanzine Acamonchi-Electra Bikes collaboration Acamonchi Pepsi Cans Acamonchi painting, mixed media on wood
Acamonchi at Museum of Latinamerican Artist, Long Beach, CA Acamonchi - Xavier Vasquez furniture collaboration Acamonchi, Casa del Lago, Museo de Chapultepec, Mexico City 2009 Acamonchi, Museum of Contemporary Art, San Diego, CA 2006 Acamonchi Rioja Wines Campaign 2009-2011 Acamonchi painting, mixed media on wood
 


Acamonchi

Hubo un tiempo en México en el que la gráfica saltó del papel a las calles, al pavimento y a las bardas de las grandes ciudades. Eran los días y los años de Proceso Pentágono y del Taller de Arte e Ideología, entre otros colectivos que llevaban las imágenes que producían a donde el espectador se tropezaba con ellas. Décadas antes, el Taller de la Gráfica Popular ensalzaba en su gráfica a obreros y campesinos, víctimas eternas del despojo y la explotación.

En nuestros días las cosas han cambiado radicalmente. John Zerzan dice que "En una era hastiada y deprimida, cuando parece que hablar es decir menos, el arte es ciertamente menos. Baudelaire se vio obligado a reclamar la dignidad del poeta en una sociedad que no tenía más dignidad que ofrecer. Un siglo y medio después, qué ineludible es la verdad de esa condición y cuánto más gastado está el consuelo o la posición del "arte intemporal".

Ciertamente, es difícil regatearle la razón a este crítico de la cultura cuando el panorama del arte contemporáneo es, en su mayoría, un entramado de intereses inconfesables, especulación, prestigios comprados y, sobre todo, presa de un irrefrenable divorcio de lo social. Ser artista es hoy, para muchos, sinónimo de gracia, estatus y poder. La inteligencia y la sensibilidad -el genio- parecen rehuir cada vez más a los artistas que han hecho de su práctica un simulacro, un pertinaz ejercicio solipsista al servicio del circuito compuesto por corporaciones, gobiernos, comisarios, ferias de arte, curadores, críticos, grandes museos y galerías prestigiosas -aun cuando a veces pretendan burlarse de todo eso-. De entre ellos, los que se llevan las palmas son los que lucran con un falso compromiso social -el cual es enarbolado solamente en los medios y en las grandes celebraciones del establishment del arte y la cultura.

El artista como una tersa pieza más en el engranaje de la civilización tecnológica y deshumanizada. Pero no todo se ha perdido. Fuera de ese circuito, o a veces incrustado en él así sea de manera tangencial, hay artistas que viven y trabajan en la calle, para los millones de ojos que recorren las ciudades y que a veces se detienen a ver un graffiti, una figura, un mural, un cartel.

A esta estirpe pertenece el artista multicultural y transfronterizo Gerardo Yépiz (1970), que responde también al sobrenombre de Acamonchi y que acostumbra galopar calles y avenidas montado en una bicicleta mientras aguza su mirada telescópica -ya lo había hecho antes cuando surfeaba en un insolente skateboard y arrojaba fanzines al aire-. Su avidez lo ha llevado a experimentar y dominar una gama muy variada de recursos y técnicas que le han permitido abordar el grabado, el dibujo, la pintura, el collage, la fotocopia y las herramientas que le permiten expresarse y plasmarse en el lienzo urbano: aerosol, el esténcil, así como el diseño y la gráfica electrónica, incluyendo el video. Yépiz es un propagador de imágenes e ideas, un publicista pop subversivo del arte, un activista postpunk de las emociones y la estética. Las imágenes de Gerardo Yépiz son un ensamblado inagotable de lo que hemos visto desde hace muchos años en el cine y en la televisión, en los anuncios de viejas revistas mexicanas y norteamericanas y de la poderosa y fascinante imaginería de la cultura popular occidental, pero no solamente. Un entramado de referencias, épocas y géneros que conforman una nueva revisión del mundo, un resumen hipnótico que nos obliga a mirarnos a nosotros mismos. ¿Qué somos? ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos parados ahora mismo?

Acamonchi es también un radar, un artista atento y pendiente al devenir atropellado de la vida y la civilización -recordemos que fue él el creador, en el ya lejano 1995, del primer sitio de arte postal en la red, que contenía esténciles que podían descargarse-. Más allá del desencanto, su visión es irónica y hasta humorística, provocadora -algo que se ha perdido en una buena parte del arte contemporáneo-. ¿Quién recuerda a Raúl Velasco, a Octavio Hernández? Dos personajes disímiles que ocuparon lugares y tiempos distintos cuyas caras Acamonchi estampaba en postes y bardas de San Diego y Tijuana. Más allá de la broma posmoderna, la elección de dos personajes emblemáticos sin conexión aparente llevaba al transeúnte a preguntarse por esos rostros: Raúl Velasco (1933-2006) fue conductor de un célebre programa de variedades en la televisión mexicana que se distinguía por sus enormes lentes cuadrados y su frase "Aún hay más" antes del corte comercial. Octavio Hernández (1959-2015) fue un periodista entregado a la música que decidió vivir en Tijuana, sin saber que ahí moriría de un infarto fulminante. Velasco y Hernández son dos vertientes apenas de diferentes maneras de encarar la cultura popular, contrapuestas y complementarias. Este sencillo ejemplo es una muestra que podría aplicarse a una parte importante de la obra de Yépiz. Una obra que consiste de oposiciones, de humor, de guiños al pasado pero que mira hacia un futuro que cada vez llega más rápido. Un verdadero Aleph. En esta era hastiada y deprimida de la que habla Zerzan el artista cumple una misión fundamental: hacernos mirar, obligarnos a ver con otros ojos, acompañarnos a pensar en una manera de vivir y crecer. Siempre hay algo más allá. Acamonchi -heredero de grandes artistas mexicanos- satura sus imágenes para mostrarnos que lo esencial se esconde en ese abigarrado collage que es su obra -y que es el mundo mismo-. No todo se ha perdido, insisto, pues artistas como el que nos ocupa pueden pensar, reírse, crear y ser nuestros cómplices en esta era turbulenta.


Rogelio Villarreal, Junio 2019 Guadalajara Jalisco



Gerardo Yépiz es un observador de la vida cotidiana que apuesta por la simplicidad y el vivir sin ataduras. Un monje ciclista, a risk-taker straight edge, un caga-palos urbano. Un escéptico, estricto vegetariano, en primera fila ante el bombardeo y saturación mediática, alguien que rechaza dogmas impuestos por 2000 años de cultura
occidental y que debate/presenta ideas nuevas al buscar otros significados -distintos, diversos- en eso que llaman arte callejero. Lo suyo es la espontaneidad y la intuición, el accidente y el azar, el post-reciclaje y humor que proviene del coraje y la frustración. En su trabajo, la referencia sirve como algo más que una guía para iniciados, lo ideológico entra en colisión con una ironía implosiva casi ubuesca, el ruido se vuelve algo positivo como el surrealismo sicótico del porvenir cada vez más tangible. Es la vuelta al punk original: la experimentación vandálica de las fotocopias en juego con la impresión en serigrafía, los esténciles y el aerosol, los dibujos con marcador. Algo que parte del graffiti para hacer una historia vendible: un fanzine desmadrado y provocador para la galería del S. XXI. ¿Agitación y post-revival? Algo hay.

Atrás queda el pasado skate, su liga con el underground fronterizo, el grafismo Nortec, su entrada al mundo de la publicidad alto standing y las menciones como uno de los artistas contemporáneos más importantes dentro del arte urbano actual. Sí, lo hemos dicho ya: Lo hiperbordélico de su propuesta puede inscribirse en un discurso pop que investiga en el diseño y la cultura popular, proponiendo interesantes juegos plásticos que difumina una estética mass-mediática homogeneizada y ponen cerco a eso que llaman <<fine art>>.

Esto es el presente: Sapos y culebras es el punto más alto de Acamonchi en la ciudad que lanzó su carrera. Anímese, pase y reciba usted una brutal descarga de diatribas en el más puro estilo Acamonchi. A la mejor es su día de suerte y nunca escuchará un "Huye, José!".

Rafa Saavedra, junio 2010 @ Tijuana


GERARDO YEPIZ:

CODIGOS DE LINEA PROPIA

Transfiguraciones imaginarias sobre el plano de lo considerado real e irreal

Reconfigurando la forma y traduciendo el color de todos los dialectos posibles, puedo decir que ha sido benigna su experiencia en el tiempo: el lenguaje inunda lo que expresa, ofrece lo que la tinta absorbe para ser visual.

El espacio donde se desenvuelve le ha brindado el privilegio de ser testigo de la calle - no es gratuito que sus elementos de trabajo sean la pared, el aire y la bicicleta -, a la vez que lo ha hecho consciente de las fuerzas que ahí se utilizan: un sistema de agallas y adrenalina, como un bote de spray y un profundo juego de plantillas.

Ascender requiere del esfuerzo, así sea para que en el amplio panel del solar brille la grafía de nuestro propio nombre o se exhiba el rostro petulante de una oligarquía que embrutece la comunicación humana.

He visto la asfixia de las ideas, el decoroso estrangulamiento del sueño, la armonía luminosa colgando del caballete. Entonces es cuando en sus múltiples obras - un teni, una botella de vino, una hoja alcanzada - encuentro los territorios perdidos de la libertad y el reflejo de los nuevos medios de expresión.

Gerardo Yépiz manifiesta la mano espontanea, muchas veces anónima, no pocas irreverente, bidimensional, liberada de ataduras, evolucionada, siempre hacedora del reflejo personal, cuyo producto siempre resultará vigente.

Sus inscripciones posmodernas, líneas de percepción mezcladas con instintos estarcidos, poseen las exactitudes del placer, la belleza y la consciencia: la gran transfiguración del lugar común en acierto (social o no, poco importa).

Hace más de 25 años reseñé sus primeras consideraciones gráficas sobre el arte, tintas que eran una invitación abierta a la invención de universos novedosos, ahora me gusta apropiarme de su estilo y, como a él le gusta elocuentemente decir, yo también esgrimo que sus trabajos son "un fenómeno de comunicación de masas con códigos propios".

Rael Salvador

Octubre / 2012.


Acamonchi llegó a una forma de mirar. Muchos hacen imágenes, pero pocos consiguen hacerlas desde una mirada inusual y producir una obra, es decir, esa contradicción consistente en realizar una serie coherente de excepciones.

Los que no somos artistas a veces miramos a través de los artistas. Ell@s nos permiten re-formar nuestra visión, conocer su obra es una reeducación de la percepción. Pocos son los verdaderos artistas visuales. Pero todos podemos disfrutar.

Diría que Acamonchi es uno de esos pocos artistas. Pero Acamonchi ha sido varios.

El artista del correo e Internet, del fanzine y el hand-out, de las redes y el archivo, de la calca y el esténcil, el pintor y el graffitero, el diseñador y el urbanauta.

La obra de Acamonchi puede servir para recorrer puntualmente muchas de las corrientes innovadoras del arte de las últimas décadas. Eso es extraordinario.

Muchos ya podemos mirar a través de Acamonchi.

A veces, por ejemplo, no puedo mirar un auto, una bicicleta, el rostro de Rafa Saavedra, Colosio o Raúl Velasco sin Acamonchi. Hay colores y yuxtaposiciones que inevitablemente veo a través de Acamonchi, que ya no está solamente (allá) en sus obras sino (aquí) dentro de la retina.

Es también extraordinario que Acamonchi haya logrado transitar tantas esferas de experimentación estética sin perder su congruencia: vincular su arte a un modo alterno de vida, simultáneamente más rasposo y más amable. Su obra conjunta encanto y crítica; disfrute y experimentación; edge & fun; punk y pop. Acamonchi es un borderizo. Pero no sólo de dos países.

Las obras de Acamonchi no están sueltas. Su diversidad es sorprendente pero hay una unidad.

Descubrir esa unidad nos toca a nosotros. Acamonchi ya nos dio la clave: ya nos dio su forma de mirar.

Estimular los ojos. El don de estar en otros.

Hache Yépez (2014)